Por Miguel Ángel Isidro

La popularidad es un plato que se come caliente. Sobre todo en la política, porque como en ningún otro ámbito de la vida, pocas veces se acompaña de un elemento consumible y no renovable: el poder.

Al Presidente Andrés Manuel López Obrador, en el terreno de la popularidad, las cosas le están yendo de maravilla. Y no es para menos; a mes y medio del inicio de su gestión, sus índices de aceptación no sólo se sostienen: van a la alza.

En este corto periodo de tiempo, el mandatario mexicano ha logrado salir avante en las primeras escaramuzas que se le han presentado: la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAICM), su propuesta de construir el Tren Maya en el sureste del país; la muerte de la gobernadora de Puebla Martha Ericka Alonso y su esposo Rafael Moreno Valle, y el aún inconcluso episodio del combate al robo de combustibles y las redes de corrupción en Pemex.

Este último tema en particular es una interesante muestra de la dialéctica sostenida entre AMLO y su amplia base de seguidores. A la aplicación del llamado plan de combate al “huachicoleo” siguió el desconcierto generado por el desabasto de combustibles en amplias zonas del territorio nacional.

De inmediato, las huestes lopezobradoristas desplegaron una férrea defensa de la iniciativa presidencial, e incluso se impuso la idea de que la crisis estaba siendo aprovechada por la misma red de corrupción para desacreditar la embestida en su contra.

La estrategia comunicacional de AMLO también es de llamar la atención. Su principal soporte son las ruedas de prensa mañaneras que ofrece desde Palacio Nacional. Posteriormente, viene el reforzamiento a través de redes sociales, por parte de algunos líderes de opinión y mayoritariamente, por miles de simpatizantes y seguidores que replican y dan apoyo a las líneas discursivas del mandatario. Es de llamar la atención que los integrantes del gabinete federal bastante poco o casi nada aparecen en el refuerzo del mensaje presidencial. De hecho el director de Pemex Octavio Romero Oropeza -ingeniero agrónomo que ha acompañado a AMLO desde hace varios años en su carrera política- tardó una semana en aparecer en escena y fue precisamente en la rueda de prensa matutina, donde rindió un informe actualizado de cómo se ha ido reactivando la distribución de combustibles en distintos puntos del territorio nacional.

Además de la réplica y reproducción sistemática del mensaje del
Ejecutivo, sus seguidores en las redes de han tomado bastante en serio la tarea de la contraofensiva. Cualquier señalamiento o crítica hacia AMLO y su gobierno es cuestionada en su legitimidad, usando muchas veces dos argumentos recurrentes: “es que prefieren que siga la corrupción” o “la mafia del poder quiere impedir la transformación de país que está impulsando el Presidente”. En fin, que la parte complementaria de la estrategia de comunicación no está ni siquiera a cargo del aparato oficial -que de hecho ha hecho hasta el momento un papel bastante gris-, sino que descansa en la dinámica de las “benditas redes sociales”, como las ha llamado el Presidente.

Pero lo que es más sobresaliente de todo ello, es el nivel de respuesta que las acciones presidenciales están alcanzando entre su base social.

Prácticamente en todas las encuestas realizadas por medios de comunicación -sí, incluidas muchas de las que el hoy presidente ninguneaba cuando era líder del PRD, primero y candidato después- señalan contundentemente que los índices de aceptación de López Obrador no sólo se han mantenido durante este corto periodo de gobierno. Es más: se han incrementado.

En un hecho sin precedentes, la popularidad presidencial crece como la espuma. Sobre todo porque venimos de un sexenio en donde la imagen presidencial se devaluó a su mínima expresión; Peña Nieto cerró con márgenes espectaculares de rechazo popular y porque la ridiculización del Primer Ejecutivo llegó a niveles alarmantes.

AMLO es un fenómeno comunicacional digno de análisis. No importa cuantas veces se demuestre la contradicción entre sus postulados de campaña y sus acciones presidenciales: sus seguidores le aceptan incondicionalmente.

Incluso cuando la contradicción es evidente, ésta es convertida de inmediato en oportunidad. El diario norteamericano The Wall Steet Journal documentó una baja importante en las importaciones de gasolina de los Estados Unidos, y ocurre algo inaudito: el Presidente contradice la nota, diciendo que nada de ello, que las importaciones aumentaron ante la contingencia generada por el cierre de ductos. Aún así, sus seguidores en las redes convierten el hecho en oportunidad y califican dicho recorte como una “acción patriótica del mandatario”. Y todo ello a pesar de que el Presidente desmintió la nota sin dar datos exactos.

La suerte ha sido tan benévola con López Obrador que incluso los fenómenos de economía global son interpretados como destellos de la genialidad del nuevo mandatario mexicano. Un ejemplo claro es el reciente comportamiento del dólar. En las últimas dos semanas la divisa norteamericana ha sufrido una depreciación a nivel internacional debido al cierre del gobierno federal estadounidense impuesto por el Presidente Donald Trump, en tanto el Congreso no le autorice el presupuesto para la construcción del muro en la frontera con México; una de sus principales promesas de campaña. La desconfianza permea los mercados y eso ha afectado el tipo de cambio. No obstante, desde las huestes lopezobradoristas se promovió -con relativo éxito- la idea de que dicho fenómeno se debe a una “recuperación del peso mexicano” derivado de la decisión presidencial de combatir al tristemente célebre “huachicoleo”. En fin, que en esta racha ganadora, al mandatario mexicano sus seguidores le compran lo que sea…

Cómo es sabido, Andrés Manuel López Obrador llegó a la Presidencia gozando de un altísimo voto democrático: 30 millones de votos lo respaldan. Esto representa un capital político difícil de remontar para sus adversarios, a quienes se les ve poca capacidad y estrategia para hacerle frente en la siguiente elección intermedia… a menos que algunas decisiones presidenciales pudieran mermar esa ventaja.

¿Qué pasará si al final del plan contra el huachicoleo no cae ningún pez gordo? En sus conferencias matutinas el Ejecutivo federal ha implicado incluso a tres ex presidentes en estos hechos. ¿Habrá forma de satisfacer una expectativa tan alta?

Por lo pronto la pelota sigue en la cancha del tabasqueño, quien es además dueño del estadio, los árbitros y las gradas. Con la clara excepción de Carlos Salinas – en los tiempos estelares del Progama Nacional de Solidaridad- ningún otro presidente mexicano había gozado de tal margen de maniobra en el último cuarto de siglo.

Será interesantísimo observar los hechos por venir.

Twitter: @miguelisidro

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