(Tercera y última parte)

LA LEY DE HERODES

Por Miguel Ángel Isidro

En las entregas anteriores de esta serie, hemos analizado la forma en que impactó a Morelos el ser una de las pocas entidades del país en las que han gobernado las tres principales fuerzas políticas del México contemporáneo: PRI, PAN y PRD (en ese orden).

Hemos visto cómo de manera evidente, el ejercicio del poder se ha convertido en el principal factor de desgaste para un instituto político. El PRI en Morelos pasó de ser la principal fuerza gobernante a una reducida caricatura de lo que debe ser un partido político; el PAN fue reducido por los apetitos de sus líderes y gobernantes a una franquicia patriarcal con mínima representación en social y el PRD quedó sepultado bajo el desprestigio de Graco Ramírez y su corrupto y déspota estilo de hacer política.

En el sexenio 2012 a 2018, Graco Ramírez se dedicó, entre otros males, a romper lazos con diversos sectores de la sociedad civil que favorecieron su llegada al poder. Y no hay que dejar de advertir que en política, la inconformidad social tiene el mismo comportamiento del agua: se le puede contener o desviar, pero siempre encontrará el cauce para desbordarse si no se le enfrenta con inteligencia.

Podríamos decir que en Morelos, los electores ya están de alguna manera “curados de espanto” sobre los partidos políticos y sus falacias. Sin embargo, este nivel de hartazgo social ha traído otro nivel de riesgo: el desprecio de la política como herramienta legítima de cambio social.

Bajo esta perspectiva es cómo podemos entender las circunstancias que permitieron que un personaje como el ex futbolista Cuauhtémoc Blanco Bravo pudiera llegar, primero a candidato y después a alcalde de Cuernavaca en 2016.

Como contexto habría que advertir que la capital morelense ha sido victima de un criminal saqueo y abandono por parte de sus gobernantes municipales en por lo menos los últimos 20 años.

El paso del entonces panista Sergio Estrada Cajigal por la alcaldía de 1997 a 2000 permitió a la clase política advertir un área de oportunidad: era posible usar la alcaldía capitalina como catapulta para proyectarse hacia la gobernatura de Morelos. Bajo dicha dinámica podemos entender la conducta de la media docena de personajes que han transitado por dicho cargo a la fecha. Lamentablemente, en ninguno de los casos los ex alcaldes de Cuernavaca llegaron a ofrecer resultados que los hicieran dignos acreedores a dicho ascenso político.

Cuauhtémoc Blanco llega a la alcaldía de Cuernavaca en virtud de dos hechos circunstanciales:

-La visión (y ambición) de dos empresarios metidos a la política -los hermanos Yáñez- que vieron la oportunidad de mantener a flote una franquicia electoral (el Partido Socialdemócrata) postulando a un personaje de amplio arrastre popular. La historia es harto conocida: para este propósito contrataron al ex futbolista Cuauhtémoc Blanco, quien ni siquiera radicaba en Cuernavaca y y lo lanzan como candidato a la alcaldía.

-El segundo hecho es el hartazgo ciudadano ante los malos gobiernos municipales. Personajes como Manuel Martinez Garrigós y Jorge Morales Barud utilizaron la alcaldía cuernavacense como coto de corrupción y promoción personal, hundiendo a la ciudad en la anarquía y el caos por el evidente deterioro de los servicios públicos a cargo del municipio.

A estos dos hechos podríamos agregar el deseo de un alto porcentaje del electorado de dar un voto de castigo al gobernador perredista Graco Ramírez Garrido; y la mejor oportunidad para ello vino de la mano de un candidato como Cuauhtémoc Blanco, completamente desvinculado de la tradicional clase política morelense y con un discurso de ruptura con el sistema; un discurso bastante precario pero rupturista a fin de cuentas.

El voto en favor de Cuauhtémoc Blanco también fue la oportunidad que muchos esperaban para dar bofetada con guante blanco a Graco Ramírez, al descarrilar las aspiraciones de uno de sus más abyectos seguidores, el ex diputado local y ex director del Transporte Jorge Messeguer Guillén.

Cuauhtémoc Blanco se ha significado como un político pragmático, populista y arrogante. Ha contado con protección política desde el centro del país, lo que le permitió superar los escollos legales de su postulación y posterior designación como alcalde. Todo mundo en Cuernavaca y Morelos sabe que Cuauhtémoc no es oriundo del estado, que recibió un pago para ser candidato -lo que es un delito-, y que utilizó trucos legales para justificar su residencia legal. Pero tanto esos hechos, como su mediocre paso por al alcaldía de Cuernavaca -ciudad que dejó con pésimos servicios, endeudada y abandonada, al igual que sus antecesores- han valido poco ante su popularidad y arrojo discursivo; amén del padrinazgo del ex secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien lo libró de los recursos legales en su contra y lo sigue cobijando desde el Senado.

Por ende, la llegada de Cuauhtémoc Blanco a la gubernatura de Morelos en 2018 debe verse como un producto de la descomposición política del estado, de una sociedad harta de la clase política que prefirió apostar por un personaje sin experiencia ni preparación para el ejercicio público, pero atractivo por su supuesta independencia y distancia respecto a la clase política tradicional. Asimismo, Blanco se vio beneficiado por el desgaste de los cacicazgos y liderazgos locales, que han dejado de ser factor de peso electoral y referentes en la opinión pública. En aras de su supervivencia, liderazgos patronales, sindicales y de organismos sociales se doblegaron-salvo contadas excepciones- ante cada cambio de partido en el poder. A conveniencia cambiaron de camiseta para quedar bien ante los gobiernos del PRI, PAN y PRD, y por ello dejaron de tener credibilidad ante una sociedad harta de la corrupta clase política morelense, a la que pretendieron dar la espalda entronizando a un desconocido.

Mención aparte merece la alianza establecida entre Cuauhtémoc Blanco y el hoy Presidente de la República Andrés Manuel López Obrador. Convencido de la popularidad del ex futbolista, y del riesgo real de que Graco Ramírez perpetuara su mandato un sexenio más a través de la candidatura de su hijastro Rodrigo Gayosso Cepeda operó para imponer a Cuauhtémoc como candidato de la alianza Morena- Encuentro Social.

Sin embargo, fiel a su naturaleza pragmática, Blanco Bravo ha acaparado el control del gobierno estatal, de la mano de su ex representante, principal operador y asesor político, español José Manuel Sanz. El estira y afloja entre Morena y el gobernador ha provocado un vacío de poder en Morelos, que se ha agravado con las prolongadas ausencias del gobernador y por la persistencia de AMLO de concentrar la representación del gobierno federal en una sola persona, en este caso el superdelegado Hugo Eric Flores.

De la misma forma en que rompió con los hermanos Yáñez, sus principales promotores para incursionar en la política, Blanco Bravo ha marcado distancia de Morena y sus liderazgos locales, lo que ha comenzado a generar frentes de conflicto en la política local.

En estos momentos, Morelos navega en un peligroso limbo de ingobernabilidad, donde persiste una lucha a muerte por el control político del estado y por la operación de los recursos públicos; situación que se agrava ante la influencia que el ex gobernador Graco Ramírez mantiene sobre distintos espacios de representación y de la vida publica, como son los casos del congreso local y la Fiscalía General del estado.

En el otro extremo de este caótico escenario, se observa una creciente y peligrosa presencia del crimen organizado en la entidad, que ha llegado a expresarse en el ámbito de la administración pública, como es el caso de la reciente aparición del autodenominado “Comando Tlahuica” presunto grupo criminal que reclama el control del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca. A ese grado de descomposición ha llegado Morelos.

¿Qué sigue en este interminable experimento político? Probablemente un mayor caos. No se avizora con claridad si alguna fuerza política podrá obtener un control mayoritario de la entidad en el mediano plazo, y las traiciones políticas entre grupos y facciones están a la orden del día. No obstante, Cuauhtémoc Blanco amenaza con llevar su aventura política al plano mayor, con el proyecto de crear su propio partido (México Blanco) y competir por la Presidencia de la República en 2024.

Aún falta tiempo por ver hasta dónde podrá llevar esta empresa, y si el electorado morelense está dispuesto a seguir tolerando más improvisaciones y yerros en el legítimo anhelo de tener un gobierno que ejerza la premisa sustancial de mandar obedeciendo.

Falta ver qué pretende el actual jefe político del país para la tierra del general Emiliano Zapata. Porque como ha sido su costumbre, AMLO sostendrá que no tiene favoritos para ningún cargo público, pero irremediablemente terminará metiendo la mano en la designación de la próxima baraja de candidatos morenistas.

Veremos y comentaremos.

Twitter: @miguelisidro

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