El registro único de mascotas y otras regulaciones similares representan el inicio de un proceso orientado a que el ciudadano «voluntariamente tome medidas para equilibrar la tenencia responsable de mascotas con la reducción del impacto ambiental, o bien en un futuro reducir su huella de carbono», sin establecer una conexión explícita con la reducción de emisiones de CO₂ , aún estas son marginales en comparación con las de las grandes industrias, y provienen ya sea directamente por la tenencia o indirectamente por la industria alimentaria y heces y otros desechos. Las emisiones generadas por las mascotas en el mundo son significativamente menores que las de las fábricas de componentes químicos, las industrias en general y las empresas petroleras. En este sentido, el impacto de las mascotas es ínfimo en comparación con estas fuentes de contaminación por CO2.
La cuestión de «¿tener mascotas o salvar el planeta?» está ganando relevancia y abre un debate crucial sobre el impacto ambiental de los animales domésticos. Algunos países ya están implementando regulaciones relacionadas con el registro de mascotas y su impacto ambiental. Por ejemplo: Suiza, es obligatorio registrar a los perros en la base de datos Amicus y pagar un impuesto anual. Además, existen normativas que promueven el bienestar animal, como la exigencia de tener al menos dos animales sociales, como cobayas o conejos, para evitar su soledad. Y España, desde el 29 de septiembre de 2024, está prohibida la venta de perros, gatos y hurones en tiendas; solo se permite a través de criadores registrados. Esta medida busca asegurar que las mascotas sean criadas en buenas condiciones y con garantías sanitarias, y todas las transacciones deben comunicarse al Registro de Animales de Compañía.
En la actualidad, la tenencia de mascotas, una práctica extendida y profundamente enraizada en la vida cotidiana de millones de personas, ha sido señalada como una «fuente significativa de emisiones de dióxido de carbono»; pero ¿Cómo se calcula el impacto de las mascotas? Los expertos emplean metodologías como el análisis del ciclo de vida (LCA, por sus siglas en inglés) para estimar estas emisiones, desde la producción de alimentos especializados (como cereales y carne, cuyo cultivo y procesamiento generan altas emisiones de CO2) hasta los excrementos y otros desechos de las mascotas también tienen impacto ambiental y su manejo si no son tratados adecuadamente., y por último la producción de productos asociados como accesorios, medicamentos y artículos para el cuidado de las mascotas.
Pero con todo eso, aunque hay cientos de millones de mascotas en el mundo (estimaciones sitúan la población de perros y gatos domésticos en más de 800 millones), su impacto combinado representa solo una pequeña fracción de las emisiones globales.
Según algunos estudios, los perros y gatos en Estados Unidos generan entre 64 y 64.6 millones de toneladas de CO2 equivalente al año, lo cual equivale aproximadamente al 1% de las emisiones totales del país.
Según el informe «Carbon Majors» (2017), 100 empresas responsables de la extracción de combustibles fósiles han sido responsables de más del 70% de las emisiones globales de GEI desde 1988. Las industrias químicas, cementeras, siderúrgicas y de energía son las principales fuentes de emisiones, con miles de millones de toneladas de CO2 equivalente al año. Por ejemplo, el sector energético es responsable del 73.2% de las emisiones globales de GEI, según el IPCC. Esto incluye generación de electricidad, transporte y calefacción
Las grandes industrias y empresas de combustibles fósiles superan ampliamente las emisiones de las mascotas.
Aunque el impacto de las mascotas es pequeño en comparación, la discusión sobre su huella de carbono refleja un intento por visibilizar que todos los aspectos de la vida cotidiana tienen un impacto ambiental. Sin embargo, centrar el discurso en los animales domésticos puede desviar la atención de las verdaderas responsables: las grandes industrias y políticas energéticas.
La creciente conciencia sobre el cambio climático plantea una disyuntiva moral y práctica: ¿es sostenible mantener mascotas en el contexto actual de crisis climática? Esta pregunta va más allá de la ciencia y toca fibras sensibles, como la libertad individual y los derechos.
Porque se toman medidas a futuro como la recientemente implementada en Morelos, llamada RUM (una transición hacia modelos más sostenibles en la tenencia de las mascotas, busca prevenir el maltrato de animales y rastreo de aquellos que llegaran a perderse, además se tendrá un control para la organización de campañas de esterilización gratuitas) Al margen de la regulación, la implementación de estás medidas gubernamentales tiene que ver con la implementación de una agenda climática 2030 que plantea que cada ciudadano deberá reducir su impacto ambiental personal, incluyendo las emisiones de dióxido de carbono (CO2), para lograr un desarrollo sostenible y mitigar el cambio climático y abre el debate sobre si las mascotas en donde los dueños de perros deberán informarse que una gran parte de su cuota personal de dióxido de carbono lo consumirá su mascota.
El impacto de las mascotas es marginal comparado con otras fuentes, las emisiones de CO2 generadas por las mascotas en el mundo son significativamente menores que las de las fábricas de componentes químicos, industrias en general, y empresas petroleras. Las actividades industriales y energéticas son las principales responsables del cambio climático debido a la magnitud de sus emisiones y su contribución acumulativa a lo largo del tiempo, y que para combatir el cambio climático de manera justa y efectiva, es crucial priorizar:
Reducción de emisiones industriales mediante la transición hacia energías renovables, tecnologías limpias y eficiencia energética, y la Regulación estricta de las empresas petroleras para limitar la extracción y el uso de combustibles fósiles.
Mientras las mascotas NO tienen un gran impacto ambiental, el verdadero peso de las emisiones recae en las industrias y las empresas energéticas. Por ello, cualquier estrategia efectiva contra el cambio climático debe centrarse en reformar estos sectores.
En resumen, las políticas relacionadas con las mascotas no son un reflejo proporcional del impacto climático que tienen, sino una forma más fácil y políticamente menos costosa de actuar sobre temas ambientales. El verdadero cambio climático requiere medidas contundentes contra los mayores emisores, pero estas suelen enfrentarse a intereses políticos y económicos que ralentizan o desvían el enfoque hacia soluciones marginales.






