Por Rocío García

En lugar de fortalecer la enseñanza, el aprendizaje o la infraestructura escolar, el gobierno ha decidido invertir tiempo y recursos en un tema más ideológico que pedagógico, además, los maestros no tienen formación médica ni psicológica para intervenir en procesos de identidad o disforia de género. Exigirles que actúen en este terreno los coloca en una situación profesionalmente riesgosa, pues pueden terminar asumiendo funciones que corresponden a especialistas en salud mental o a las familias.

La Secretaría de Educación Pública (SEP) ha lanzado una nueva estrategia nacional para capacitar a todos los maestros del país sobre “infancias y adolescencias trans y no binarias”. El objetivo declarado es promover la inclusión y el respeto en las escuelas. Sin embargo, detrás de esta iniciativa surgen interrogantes legítimas sobre su fundamento científico, su pertinencia pedagógica y sus implicaciones éticas. La simple construcción argumentativa y epistemológica del término «infancia trans» ya es en sí una inclusión forzada de pensamiento en donde niega la evidencia científica y pedagógica de que el menor a esa edad no tiene una autodeterminación sexual específica, la cual se ira desarrollando con la madurez, asi que capacitar o informar al menor sobre estas definiciones representa un violación a su propia salud mental y a la naturaleza de su propia maduración cognitiva y emocional.

La medida, que forma parte del programa “ABC del cuidado y atención a infancias y adolescencias trans y no binarias”, incluye materiales oficiales con glosarios sobre diversidad sexual, testimonios de personas trans, videos y casos prácticos sobre alumnos que pidan cambiar de uniforme o pronombre. Aunque la SEP ha aclarado que no se trata de una clase para alumnos, sino de una capacitación docente, el impacto es directo, los lineamientos modifican la forma en que los maestros deben relacionarse con los niños, y por tanto, afectan el entorno escolar en su conjunto.

El principal problema es que no existe un sustento empírico que justifique la creación de esta política a nivel nacional, los únicos datos oficiales sobre población trans o no binaria en México provienen de la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021, elaborada por el INEGI, pero esa encuesta considera únicamente a personas de 15 años o más.

Esto significa que, estadísticamente, no hay una base que mida cuántos niños o niñas menores de 13 años se «identifican como trans o no binarios». No existe hasta hoy ningún censo, encuesta o diagnóstico educativo que proporcione cifras verificables sobre ese grupo en edad escolar básica.

A pesar de ello, la SEP impulsa un esfuerzo masivo de capacitación y recursos públicos en torno a una categoría “infancias trans” que carece de definición científica universal y de datos poblacionales en México.

Al revisar los documentos oficiales de la SEP, se observa que la justificación de esta política no se apoya en datos ni diagnósticos, sino en principios de derechos humanos.
Los textos citan el artículo 1° constitucional sobre no discriminación, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (2014) y tratados internacionales firmados por México (ONU, UNICEF, CEDAW).

El argumento es que el Estado debe actuar preventivamente ante cualquier posible caso de exclusión. Sin embargo, una política educativa de alcance nacional debería fundarse no sólo en principios normativos, sino también en evidencia empírica y límites pedagógicos claros.

Ni la OMS, ni la American Psychological Association (APA), ni la propia SEP han publicado estudios que prueben que los niños pueden tener una autopercepción de género estable antes de la adolescencia.
Por el contrario, investigaciones longitudinales como las del psicólogo canadiense Kenneth Zucker muestran que la mayoría de los niños con incongruencia de género dejan de manifestarla al llegar a la adolescencia o adultez. Dicho de otro modo, la incongruencia en la infancia tiende a resolverse naturalmente con la maduración cognitiva y emocional.

Según Jean Piaget, los niños entre 6 y 12 años se encuentran en la etapa de operaciones concretas, donde el pensamiento es literal y todavía no hay capacidad para comprender nociones abstractas o simbólicas, como “identidad de género”.
Hablar de autodeterminación sexual en esas edades confunde los planos del desarrollo psicológico con los discursos ideológicos de adultos.

Más allá de la ciencia y la pedagogía, existe una dimensión ética que no puede ignorarse.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 26.3, y la Ley General de Educación mexicana, en su artículo 7, reconocen el derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación moral que desean para sus hijos.

Educar en la diversidad no significa imponer visiones ideológicas sobre la identidad sexual o el cuerpo.
La escuela debe promover el respeto, sí, pero sin sustituir el papel formativo de los padres. La frontera entre informar y adoctrinar es muy delgada, y cuando se cruza, se vulnera un principio esencial de la educación: el respeto a la madurez, el contexto y la conciencia familiar del niño.

A ello se suma la falta de información pública sobre cómo se aplicará, medirá o evaluará esta política. No existen cronogramas, indicadores de éxito ni protocolos transparentes. Cada escuela decidirá, según su colectivo docente o directivo, si adopta o no los lineamientos, lo que generará una implementación desigual y poco controlada.

Mientras tanto, los retos urgentes del sistema educativo rezago, violencia escolar, déficit en lectura y escritura, abandono y falta de infraestructura siguen sin resolverse. En lugar de reforzar el aprendizaje, la SEP parece priorizar una narrativa ideológica que poco aporta al desarrollo integral del alumno.

Defender a la infancia no significa negar su diversidad, sino preservar su derecho a vivir una niñez libre de presiones adultas y discursos ideológicos: La sexualidad y la identidad son realidades que cada persona descubrirá a su tiempo, con madurez, información y libertad.

Antes que hablar de “infancias trans”, deberíamos hablar de infancias protegidas, educadas y acompañadas en su desarrollo natural.
Dejemos a los niños ser niños. Y que la escuela vuelva a ser escuela, un espacio para aprender, no para experimentar con ideas que ni la ciencia ni la sociedad han terminado de comprender.

Artículos Relacionados

Deja un comentario