En el marco de la conmemoración del 141 Aniversario del Natalicio del General Emiliano Zapata Salazar, el gobernador Cuauhtémoc Blanco Bravo inauguró la exposición temporal “Rostros del Zapatismo”, en el Museo Casa Zapata de Anenecuilco.

En coordinación, la Secretaría de Turismo y Cultura del Estado y el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México buscan con esta muestra contribuir a la construcción y permanencia del mito histórico de dicho personaje emblemático, el cual es ícono de la cultura de la resistencia y demandas sociales de distintos grupos y minorías históricamente vilipendiadas.

Durante el recorrido se explicó que a diferencia de otros personajes de la Revolución Mexicana, quienes han sido protagonistas de una amplia bibliografía narrativa que alimenta sus mitos, las fotos del zapatismo atienden asimismo un vacío persistente: la presencia física de quienes se levantaron en armas en 1910, iniciando así la primera lucha social del siglo XX.

En este acto, el mandatario también recibió por parte de Pablo Castro Zavala, presidente de la Confederación Internacional de Morelenses y Migrantes Mexicanos, agrupación con base en Las Vegas, Nevada, una medalla por la labor realizada a favor de dicha diáspora, a través de la Secretaría de Desarrollo Social de Morelos.

Cuarta y última parte

A fines de 1943 regresé a la fábrica de llantas donde estuve otros tres años para luego volver a Jojutla, al que ya consideraba mi pueblo. Recién había terminado la feria de Año Nuevo. Me vine con una buena indemnización, un montonal de billetes de a peso, de esos colorados y gris oscuro que al frente tenían la columna de la Independencia y al reverso el calendario azteca. Cargaba dos belices retacados con mis tiliches más la guitarra en su estuche.

—¿Qué andas haciendo? —me preguntó doña Lolita, parada en la puerta de su casa.

—Ya me regresé de México. ¿Me da permiso de dejar mis cosas un rato, mientras encuentro dónde acomodarme?

—Yo te rentaría un cuarto que está al fondo, pero con eso de que dicen que eres borracho no me conviene, qué tal si una noche me dejas abierto el portón y se meten los rateros y quién sabe si no hasta perjudiquen a mis hijas.

Total, que doña Lolita recordó que el cuarto tenía tres años desocupado y me lo rentó.

Entrando al cuarto, del techo de vigas viejas y tejas cayó un alacrán, otro poco y me cae en la cabeza. Por las paredes descarapeladas y retacadas de agujeros se desplazaban las cucarachas.

Antes de que oscureciera fui a la tlapalería de Bernabé Pacheco a comprar una bomba llena de flit más una espátula. Sacudí las paredes y fumigué. Al otro día le compré a Juan Rosas cal, yeso y sal gruesa para pintar y resanar. Rosas vendía la cal en costales pequeños, afuera del mercado.

Por quedar bien con Lolita, cambié las tejas rotas; se las compré a uno que le decían La Rata y se llamaba Jesús Ortega y que también hacía ladrillos y tenía un horno grande más adelante de los lavaderos, rumbo al panteón, por donde se cruzaba el río Apatlaco para ir a Panchimalco.

En ese tiempo las calles no estaban pavimentadas. Aún no había drenaje, en todas las casas se usaba agua de pozo. Recién habían metido el agua potable de Chihuahuita; en las esquinas había grifos de donde la gente acarreaba agua en cubetas y botes.

Ese año, poco tiempo después que falleció Lolita, Margarita y yo nos hicimos novios. Ya estábamos grandecitos. Dos veces, de buena manera, se la pedí a Raquel, su hermana mayor, pero de mala manera, dos veces, me la negó.

—Búscate una mujerzuela de las cantinas, de allá no sales. Más te vale que dejes en paz a mi hermana.

No le caía bien a Raquel porque mi ambiente era el de la bohemia, lo mío era la música, los tríos, las serenatas y, sí, para que negarlo, las parrandas.

Hasta el padre Andrés trató de convencerme de que me olvidara de Mago.

Un lunes por la tarde acompañé a Mago al panteón. Llevaba flores a las tumbas de su abuela María Ocampo y de su mamá Lolita. Ella estaba dispuesta a irse conmigo, así es de que nomás depositar las flores, allí largamos la cubeta y la escoba y nos fuimos con lo que traíamos puesto. El taxista Tolín Rojas nos llevó a Cuernavaca. Tolín también tocaba la guitarra e integraba un trío con los hermanos Sedano: Rosendo y Valito, el papá del Pichi. Al otro día, después de desayunar, nos fuimos al centro y nos ajuareamos de ropa y zapatos.

Regresamos a Jojutla a la tercera noche. Encontramos el zaguán atrancado por dentro. Margarita tocó fuerte. Salió una de sus hermanas y le gritó que ya no era bien recibida, que ya no era de la familia. Mago empujó el portón, pero su hermana lo detuvo con tanta fuerza que le machucó horriblemente los dedos. Ella llorando y yo triste, pensamos en dónde pasar la noche. Sólo había dos hoteles: El México, en la calle de la tentación (Pensador Mexicano) y El Fénix, cerca del palacio municipal. Decidimos ir al segundo porque el primero era de paso. Don Manuel Morales, dueño de El Fénix, me estimaba demasiado, por eso le expliqué todo lo que nos pasaba.

—¿Onde crees que les voy a rentar un cuarto? Les prestaré la recámara de mis hijos, ellos están en México.

Al otro día, temprano, doña Sofía Olivares, la mamá de Lino Ocampo —el que fue presidente municipal en tiempos de Lauro Ortega—, enterada quién sabe por quién de lo que nos había pasado, nos fue a ver a casa de don Manuel.

—Muchachos, recojan sus cosas porque los llevaré a su casa.

Y sí, doña Sofía se plantó ante Raquel:

—Mira Raquel, Margarita ya es mayor de edad y tú no estás para escogerle marido, además, la tienes que dejar que viva aquí, porque también ella es tan dueña de la casa como todos ustedes. Hagan las paces.

Como a los ocho meses, doña Esther Borbolla, una de las señoras que hacían campañas para casar amancebados, arregló que unos misioneros nos casaran por la iglesia. Raquel, renuente a tenerme de cuñado, no acudió a la ceremonia. Otros que también se casaron ese día fueron el mecánico Juan Lara Padilla y Conchita.

Fotos: Margarita Rodríguez y Manuel Betanzos

Tomado del muro de Julián Vences

Tercera Parte

Foto compartida por Elvia Bertha Ramírez Ocampo. Original del archivo de Jesús Zavaleta Castro.

Manuel y Emilio, mis primos, pusieron quince pesos cada uno para sobornar al líder sindical, un tal Chuy, para que yo entrara de obrero a la llantera Good Year Oxo.

«No creo que aguante la friega, lo veo muy rascuache», aseguró el líder, cuando me llevaron con él.

«Quítate la camisa y enséñale tus brazos», ordenó mi primo Manuel.

«¡Ah cabrón! ¿Haces pesas?» preguntó el sorprendido líder.

«No, soy matancero y tengo la fuerza y la maña para manear y matar lo mismo un cerdo que una res», le expliqué.

Los primeros días, por el trabajo tan pesado, me daban unos calenturones. Muchos entraban y aguantaban lunes y martes, pero el miércoles ya no regresaban ni a cobrar, por las fiebres tan altas que les daban. Yo lloraba. “¿Dónde me vine a meter?”, pensaba. Pero me aguanté. Cuando hacía frío no había problemas, la sufridera era en tiempos de calor. Como un mes tuve fiebres y, ni modo, así me presentaba a trabajar. Para la mayoría de obreros yo era medio lambiscón o lambiscón y medio, porque me acomedía a lavar los coches a los señores Perry y Smith, los chinguetas gerentes de la empresa. A los dos meses me mandaron al departamento eléctrico, a lidiar con el alto voltaje. Por cuenta de la fábrica me mandaron a la escuela de electricistas de la CROM en Tacubaya. Trabajaba y estudiaba; así me la llevé tres años. Usaba pantalón de peto, con bolsas. Tenía que estar muy abusado, porque si no, si en un descuido hacías tierra, me cargaba la huesuda. Me daban guantes de seda, y aun así, sentía cómo me pasaba la corriente eléctrica.

Durante cinco años trabajé duro, sin venir a Jojutla. Pa’que venía, si mi papá me había despreciado.

En febrero de 1940 salí de vacaciones. Recibí dos sobres con $17.50 en cada uno, el equivalente a mi sueldo y vacaciones pagadas. Decidí venir a Jojutla. Aquí había rebumbio porque recién se había instalado aquí una partida militar. El coronel Rafael Cancino Palacios estaba al frente de un pelotón de diecisiete soldados; traían la encomienda de combatir al alzado Enrique «Tallarín» Rodríguez, un ex zapatista de los rumbos de Huautla, quien comandaba un grupo de gente armada, famoso por haber tomado las plazas de Tepalcingo y Axochiapan. Los militares estaban acuartelados en casa de mi tío Rafael Barrios, frente al hotel El Rinconcito, donde después funcionó por muchos años el Hotel Del Prado. En ese tiempo la hoy calle Cuauhtemoc se llamaba Sufragio Efectivo y la hoy calle Hidalgo se llamaba No Reelección.

Aquí en Jojutla empecé a hacer instalaciones a los pocos negocios que tenían plantas eléctricas, por ejemplo, la fábrica de hielo de don Rafael Marure y su socio Manuel Pardo (españoles) o la otra fabriquita de hielo de los Valladares, la competencia de Marure. Como a la semana ganaba lo mismo que en la fábrica de llantas, decidí quedarme.

Por esos tiempos hice amistad con dos personas: Chucho Noguerón —propietario de una fabriquita de refrescos de limón y grosella, ubicada donde hoy es el cine y pasaje Robles— y Bernabé Pacheco, quienes se llevaban muy bien con Tomás Rosales, esposo de mi tía Isabel Barrios.

Rafael Barrios, en su casa, tenía trojes de maíz. Los de Xoxocotla le prestaban yuntas para sembrar y cultivar la tierra. Por cada yunta les retribuía dos cargas de maíz, una carga eran dos costales llenos como de ochenta kilos cada uno. De eso vivía mi tío, no le faltaba nada a sus hijos.

Hice montón de amigos: Roberto Barrios El Hueso, Nereo Altamirano Vargas y su hermano Chabelo, Agustín Avilés que antes de hacerse peluquero fue empleado de correos y telégrafos, mi primo Guillermo Rosales, Manuel Mondragón El Candil, El Chato Martiní, Luis Mastache, Jesús Vargas Tamayo El Charro hermano de Lupe la Jaraleña —oriunda de El Jaral, Guanajuato—, los hermanos Emiliano y Sixto Rodríguez —vivían en la Plazuela del Zacate, colindantes con don Vicente, el curtidor de pieles y que fue presidente municipal por un año—, los hermanos Severo y Manuel Gutiérrez, el primero montaba toretes.

Allá por febrero de ese año, por mitotero, se me sale decirles a todos esos amigos que me gustaría integrar un grupo juvenil que recibiera instrucción militar para marchar en los desfiles del 16 de septiembre. Todos estuvieron de acuerdo. Acordamos ir a platicar con Cancino Palacios y que yo le expusiera la idea. Yo ya tenía trato con Cancino porque Chucho Noguerón, que ya era su amigo, me lo había presentado días antes.

“Señor coronel —se me adelanta Manuel Mondragón— para el próximo 16 de septiembre queremos desfilar como un contingente militarizado y queremos que usted nos instruya”.

Me enojé con mi tocayo porque no respetó lo acordado.

El coronel nos dijo que él

“Personalmente no podré instruirlos, pero les asignaré al profesor Salvador”.

Ese profesor era taquimecanógrafo, yerno del mayor Juan Alvarado Bernal, asistente del coronel Cancino. La instrucción militar nos la dieron en el asoleadero de La Perseverancia. Éramos 39 jóvenes, incluidos los cinco tambores, el corneta (Manuel Mondragón) y jovencitas como Luz Ocampo, Margarita Rodríguez, Elvira Noguerón, Graciela Villegas que ya trabajaba en la fotografía a la vuelta del Ayuntamiento, hija de don Albino, un charro de Panchimalco, suegro del Paricutín, un colimense avecindado que aquí instaló una nevería, en la propiedad de Fernando Córdova Soto. Don Albino también trabajaba en la imprenta de Roque Román, allí juntito de la comandancia.

Tito Maldonado quedó como primer comandante y Nereo Altamirano como segundo comandante. Por cierto, tengo una foto en la que no aparezco porque fui quien la tomó. En una ocasión Cancino Palacios, acompañado de su esposa, llegó sorpresivamente a La Perseverancia a constatar qué tan bien instruidos estábamos.

—Los vamos a mandar a la veinticuatroava zona militar para darlos de alta en el ejército. Serán soldados con todas las de la ley. Integrarán una sección militarizada.

Fuimos a Cuernavaca y nos tomaron las huellas y nos hicieron firmar papeles. Después de eso nos mandan unas carabinas de un tiro, de esas de espérame tantito, bien pesadas. Seguimos entrenándonos con mucha disciplina. Cada quien compró, por su cuenta, los aditamentos: pantalón y camisola caqui, cuartelera, botas cafés. Nos mandaron unas polainas viejas apestosas a cuero. Desfilamos el 16 de septiembre. El presidente municipal era Humberto Córdova Soto.

Meses después nos llevaron a desfilar a Cuernavaca, era una primero de mayo; en el balcón del Palacio de Cortés estaba ni más ni menos que el presidente de la república, Manuel Ávila Camacho. Finalizado el desfile, como a las 2 de la tarde, nos hicieron subir al Palacio. Cancino se paró el cuello ante el presidente. Ávila Camacho le ordenó a un general:

«Los integrantes de esta sección militarizada, a partir de ahora, tienen el grado de soldados de primera y se les pagará su quinta», ordenó Ávila Camacho a un general.

Nos ilusionamos. Regresamos bien contentos. Hacíamos rondines en las noches.

Pero qué va, nunca nos pagaron nada ni llegó papel alguno con el nombramiento. Ah, pero eso sí, nos ordenaron salir a corretear al mentado Tallarín; y, la mera verdad, Manuel Mondragón y yo, asustados, lloramos, quizá también por el coraje de que no nos cumplían las promesas. Por esos días también nos ordenaron treparnos en las azoteas para vigilar, por varias noches, ante la inminente incursión armada de Rubén Jaramillo, quien amenazaba, con su gente, tomar a punta de balazos la plaza de Jojutla; para fortuna nuestra ese ataque nunca ocurrió.

En octubre nos desarmaron; las viejas y pesadas carabinas se las llevaron a Cuernavaca. Para el año 1942, con esos jóvenes de la sección militarizada y otros más que se sumaron, formamos un comité pro electrificación de Jojutla. En ese comité participaba como tesorera Lupita —La Chala, mamá de Chucho Flores Carrasco—, Bernabé Pacheco, José G. Nava, Chucho Noguerón, mi tío Tomás Rosales, Rafael Marure, Tito Maldonado Mastache, Manuel Zepeda. A propósito, a Tito, deberían hacerle un monumento, porque él dijo: «No es justo que aquí en la planta del Amacuzac, en nuestro municipio, generen la luz y se la lleven pa’México, mientras nosotros nos alumbramos con candiles y quinqués». Por cierto, en las noches, en el mercado, se hacía una humareda del carajo por tanto candil. Ese mercado lo construyeron en 1935, cuando Mayolo Alcázar era presidente municipal. Por cierto, a Mayolo lo asesinaron de un artero balazo en la cantina de María La Marimba, ubicada frente a la gasolinera de Emilio Castrejón, lo mató Cosme —un chaparro que cargaba una pistolita—. Corrió la versión de que Mayolo se burló de la poca estatura de su victimario. Ese fatídico suceso me afectó demasiado. Ese día nos habían contratado para cantar en Cuernavaca, en el aniversario de la cervecería Cuauhtémoc. Como a las ocho de la noche veníamos de regreso, yo traía puesto el sombrero de charro que Mayolo me había prestado y de repente escuché un balazo, un estruendo muy fuerte dentro de mi cabeza. Los demás no lo escucharon. Fue una premonición. «Algo pasó en Jojutla, oí clarito un disparo» les dije a mis compañeros. Llegando a Jojutla nos dieron la terrible noticia.

Para costear el tendido de los cables eléctricos y de los postes, hacíamos bailes, jaripeos, kermeses. Me tocó ir, solito, a pedir donativos a Tlaquiltenango. El señor Buenfil —dueño del molino de arroz— me dio 50 pesos para los pasajes a México. El autobús cobraba $3.50, así es de que fuimos varios en comisión. Juntamos seiscientos sesenta pesos. Los primeros postes que pusieron eran de madera enchapopotada, de esos que todavía ponen para el teléfono. Cuando alumbraron el zócalo qué bonito se veía el kiosko, aquél kiosko de herrería que un político se llevó a su casa, eso dijeron, cosa que a mí no me constó.

Sin que yo buscara el beneficio personal, la metida de la luz me convino. También hubo perjudicados, ¿quiénes?, pues los que tenían expendios de petróleo. Pero nunca fue nuestra intención arruinarles el negocio.

En una ocasión, mientras terminaba las maniobras para meter la luz en la primaria de Juan Jacobo Rousseau e iba bajando del poste donde hoy está la clínica del doctor Zurita, se me acercó un grupo de señoras.

«Manuel, ayúdanos a conseguir que el gobierno ponga una secundaria en Jojutla; los chamacos que terminan la primaria y quieren seguir estudiando, tienen que ir hasta Cuernavaca», dijo una de las señoras.

Les comenté lo dicho por Jesús Noguerón: «Si al gobierno ingrato e insensible no le interesa poner una secundaria, los jojutlenses sí la podemos poner, ¿cómo?: cooperando».

«Nosotras estamos dispuestas a apoyar» dijo una señora.

Fue así como los que anduvimos en la metida de luz nos movilizamos para que lo más pronto posible, en Jojutla, hubiera escuela secundaria.

Recordé que un día, Jesús Pichardo, excapitán zapatista, me dijo: «Acompáñame a Tlaquiltenango, te voy a presentar un amigo, él será el próximo gobernador». Me llevó a una casa frente al convento de Santo Domingo de Guzmán. Su amigo, un hombre chaparrito, exteniente coronel zapatista, se llamaba Elpidio Perdomo. Pues me acordé de Perdomo, ya era gobernador. Lo fuimos a ver. Nos atendió rebién. En mis manos depositó dos bolsas de lona: diez mil pesos, pura plata 0.720.

En la fábrica de hielo y maderería de Marure le entregué el dinero a La Chala, la tesorera. Le dio harto gusto.

Aquí donde hoy está el auditorio Juan Antonio Tlaxcoapan, había una gran construcción a lo largo y ancho de todo el terreno, con amplios corredores y en el centro tenía un gran patio. Del lado de la avenida principal, o sea del frente y del costado por la calle González Ortega, los cuartos tenían balcones. El techo de bóveda catalana, a casi cuatro metros de altura, lo sostenían rieles de ferrocarril, las gruesas paredes unas eran de adobe y otras de mampostería; en esa propiedad funcionaba el Banco Ejidal. El propietario era fabricante de galletas y sopas de apellido Cuétara, socio y amigo de Marure. Un empresario yucateco estaba en tratos con él para comprarle y hacer un hotel.

En la recaudación de fondos cooperó mucha gente, hicimos bailes, kermeses, jaripeos. Los ejidatarios prestaron la madera para montar el corral de toros allí donde hoy es la Alameda, a un costado de los lavaderos.

A fines de 1942 se compró la casona en $26,000. En abril de 1943 arrancó la secundaria. La primera directora era una profesora llegada de Puebla que duró un ciclo escolar; Ángel Pérez tocaba el piano y daba clases de música. El maestro de carpintería fue José Buenaventura Avila, padre del profesor Ricardo Avila Moyado (El Matarratas), un maestro que siempre usaba camisa blanca con las mangas arremangadas. Propuse que el director fuera Arístides Muñiz Rumbo, maestro en la Juan Jacobo; Tan buen director fue que duró muchos años.

Por ese tiempo mi papá enviudó por segunda ocasión y rentaba un cuarto al Sancarrón, en la calle Himno Nacional; yo nomás llegaba allí a dormir, procuraba llegar lo más noche posible y en cuanto me quitaba el cinturón donde colgaban martillo, desarmadores, pinza de cortar cable y recargar la escalera en la pared, me acostaba. Segunda foto: Primera Generación de conscriptos de Jojutla.


Primera Generación de conscriptos de Jojutla

Tomado del muro de Julián Vences

Segunda Parte

Foto compartida por Elvia Bertha Ramírez Ocampo. Original del archivo de Jesús Zavaleta Castro.

Recordé a Don Manuel Betanzos Legaspi, fallecido hace dos años a la edad 102 años de edad. A continuación, un extracto de lo que me relató:

—Te irás a vivir con mi hermano Elpidio —me previno la tía, tres semanas después.

Este tío vivía por ahí en la Plazuela del Zacate, donde hoy está la biblioteca. Tenía un corral grande con vacas, caballos, gallinas. También tenía carnicería en el mercado. Su esposa, Petra Ocampo, era una señora bonita de Tilzapotla.

Por este tío me enteré que mi padre se había traído de Tomatlán a una muchacha —Rubina Campillo— con la que tuvo tres hijos —Rafael, Chabela y Lupe.

—Mira cabrón —me leyó la cartilla el tío Pillo— aquí, si no trabajas, no comes. ¿Entendido? Te me duermes temprano porque a las cuatro de la mañana, candil en mano, irás al rastro a vigilar al pinche matancero que apodan el Cuarterón, para que no me tronche la carne.

Dormí encima de un montón de cuascles, las cosas esas que les ponen a los caballos abajo de la silla de montar. Desperté con el pescuezo adolorido. En la espalda pesqué una urticaria que la traje varias semanas.

Al tercer día le dije a mi tío que prefería dormir en el rastro, él chasqueó la boca, dando a entender que le valía sorbete. El rastro —mi dormitorio por cinco años— estaba en la esquina donde funcionó muchos años la tienda del ISSSTE. A la intemperie, al pie de un enorme güamuchil amargo, entre sus gruesas y salientes raíces me acurrucaba rodeado de un montón de perros. Lo hacía por dos razones: por el calorón y por los paredones de adobe negros de tizne. La gente decía que en tiempos de la Revolución en esos paredones fusilaron e incineraron a cientos de zapatistas. Sólo me guarecía en los cuartos cuando llovía.

Un día, doña Jovita Sánchez, mamá de Espiridión El Piri Arenas, de Hermelinda y de Ranulfo Vázquez El Verdugo, llegó con un perro —el Turco— que, meneando la cola corrió a olisquearme. Le caí bien. Nos hicimos amigos. Me sirvió de almohada infinitas noches, hasta que los demás perros nos atascaron de pulgas.

En el rastro conocí a los Camacho —José, Miguel, Epifanio, Filiberto, Magdaleno, Serapio y Macrina— estirpe de excelentes matanceros. A José le apodaban El Mocho porque tenía una cicatriz en el labio superior que le quedó de cuando de niño le operaron el labio leporino.

Pronto me convertí en matancero. José El Mocho Camacho me enseñó a manear, matar y destazar reses y cerdos. Mi ayudante era el jovencito Alfonso Popoca El Gigante. Luego me instruyó en el arte de tasajear la cecina. Trabajé de matancero para Rodrigo El Caito Abúndez y para Alejandro García. Me pagaban a $1.90 por matanza —en ello iba incluido la arrimada del animal al rastro, la lavada de la panza para quitarle la bazofia con agua caliente y la acarreada del canal a la carnicería.

Cuando andaba yo en los diez y ocho años me enamoré perdidamente de Reyna Valle, hija del taxista Alfredo Valle Rea. Ella prefirió irse con un chofer posturero que le trabajaba el taxi a su papá. Por ella derramé un montón de lágrimas y compuse mi primera canción: «Muero de amor»:

Muero de amor, muero por ti;

sin tus besos, mujer,

yo no puedo vivir;

sin tus caricias me siento morir.

Nunca olvidaré lo que pasó

cuando abandonaste mi corazón,

sabiendo que serias mi perdición.

Tristes días que paso yo

con vino enloqueciendo mi corazón

a ver si así llega el olvido

y si no, morir por tu amor.

Esa canción la grabó Jesús Vargas Tamayo El Charro, cuando se fue para Acapulco, huyendo de la epidemia de polio que asolaba el estado de Morelos y no quería que la contrajera su hijo recién nacido. Tiempo después nos encontramos y me confió que presumió la canción como si fuera de su inspiración.

En el año de 1935 conocí a mi primo Manuel, hijo de mi tío Elpidio; él vivía en México y trabajaba en la fábrica de llantas Good Year Oxo; vino a Jojutla por la feria de año nuevo.

—Jijos de la mañana, qué bonito tocas la guitarra. ¿Qué chingados estás haciendo aquí? Te estás desperdiciando. Ándale, mañana te vas conmigo para México, sirve que a lo mejor con la distancia se te apacigua el dolor por la novia que te ganaron. Primo, andas rebién jodido por esa muchacha; hasta te puedes morir de decepción si sigues aquí.

Antes de irme a México con mi primo Manuel, vendí la guitarra que le había comprado a don Agustín Sánchez. Me la compró en veinticinco pesos don Pancho Camacho, esposo de doña Ester Begoña y dueño de la tienda La Universal que estaba merito donde hoy es Elektra. Esa guitarra la cuidaba yo como la niña de mis ojos; me deshice de ella porque a México no me podía ir sin dinero, que tal y me tardaba en conseguir trabajo. Además, pensé que con lo que ganara en mi próximo empleo me podría comprar otra y hasta nueva.

*Primero la salud mundial después festejos del pueblo

Rodolfo Romero Peña

Porque la salud de los seres humanos es primero, autoridades del pueblo de Ocotepec ratificaron -ante los medios de comunicación- que no habrá ni ferias, ni bendición de palmas y mucho menos desarrollo de la escenificación en vivo de la Pasión y Muerte de Jesucristo.

Informaron lo anterior el Ayudante, Miguel Ángel Ojeda Hernández, así como los Comisariados de Bienes Comunales, Nazario Nabor Fuentes, de Derechos Agrarios, y Gilberto Dávila Rada, de Usos y Costumbres; Fausto Rosales Robles, de la Junta de Mejoramiento y los integrantes del grupo de Sayones (actores líricos).

Las pérdidas económicas por la cancelación de esta celebración son significantes toda vez que anualmente al comercio formal se suman los micheleros, los puestos de alimentos, pan, alfarería, dulces cristalizados, juegos mecánicos, etc., amén de que por el cobro de permisos la Ayudantía recauda importante suma de dinero que reserva pala la celebración de otros festejos como el Jueves de Corpus, así como la fiesta patronal del seis de agosto.

En este sentido, Oscar Morales Santana, quien por segundo año consecutivo iba a representar el papel principal de Cristo, no pudo ocultar su tristeza por la cancelación del evento, sin embargo, dijo ser solidario con las medidas de higiene ordenadas a nivel mundial.

Lo mismo señalaron Alfredo Desaida Sáenz y otros que desde iniciado el año 2020 se venían preparando.

Por su parte, Nazario Nabor Fuentes, representante comunal con Derechos Agrarios, manifestó que de algo ha de servir el apoyo que su agrupación está brindando a los representantes de barrios, así como grupos de jaripeo.

Rodolfo Romero Peña

Definitivo: Ni fiestas patronales ni Viacrucis habrá este año en el pueblo de Ocotepec. La razón, la pandemia del coronavirus Covid-19, que recorre el mundo y México apenas lleva siete días de cuarentena.

Lo anterior fue determinado en reunión privada por representantes de barrios, el Ayudante Municipal, los comisariados de Bienes Comunales con Derechos Agrarios y Usos y Costumbres, respectivamente, así como la Junta de Mejoras. Dejaron en claro que las autoridades del pueblo de Ocotepec gobiernan obedeciendo la voluntad de su gente.

En este sentido, lamentaron el arduo trabajo del grupo de Sayones iniciado desde principio de año, empero las autoridades tras fijar su postura sobre el desarrollo o cancelación del Viacrucis, determinaron suspender la tradición para proteger la salud de las familias de Ocotepec y de las personas que visitan la comunidad.

“Un posible contagio del exterior podría repetir la triste historia de inicios del siglo pasado, la epidemia de tifoidea que trajo la muerte de chicos y grandes en Ocotepec, al grado que tuvo que abrirse otro panteón, pues en el atrio de la iglesia del Divino Salvador (que fungía como cementerio) ya no cabía ni un alma.

Por igual se cancela parcialmente la fiesta patronal del Domingo de Ramos, misma apertura la Semana Mayor, es decir, aquí solo se llevará a cabo una misa para la Bendición de Palmas, mismas que serán repartidas a los barrios y los mayordomos, que las abran de entregar a su gente. Se cancelan las promesas, no abra baile popular ni jaripeos.

Se avisará a los comerciantes de Cuentepec que no traigan a vender sus palmitas, pues no abra ningún evento religioso. La próxima semana viene la fiesta sencilla y emotiva del V Viernes, que así quedará, chiquita solo para los de casa. El próximo lunes el Ayudante Municipal del pueblo de Ocotepec dará pormenores en Rueda de Prensa.

«SI JESÚS NO TUVO TEMOR A LEPROSOS PORQUE NOSOTROS SI AL PRÓJIMO»: MBB

Rodolfo Romero Peña

Anteponiendo su inquebrantable Fe a Dios todo poderoso, nativos del pueblo de Ocotepec llevaron a cabo sin contratiempo alguno la procesión de El Señor del V Viernes, citando el mayordomo de la imagen, Marcial Belmontes Ballastra, que, si Jesús no tuvo temor ni menosprecio al leproso, ellos porque si como simples creyentes al prójimo en tiempos del Coronavirus Covid-19.

A esta cita -tal y como se programó- solo acudió gente del pueblo, eso sí la participación de las mayordomías de los cuatro barrios existentes: Tlanehuic o Candelaria, Tlacopan o Ramos, Culhuacán o Dolores y Xaxogotepazola o Santa Cruz.

«Sabemos que la pandemia es grave y a nivel mundial existen medidas de precaución que aquí en Ocotepec se han tomado pero nuestra Fe es grande y vamos de la mano del Señor, lo que el mandé…» Recalcó el médico veterinario Belmontes Ballastra.

La Procesión que fue acompañada por banda de viento y quema de cohetes Lucio hermosa, tranquila y llena de fervor cristiano. Todos los presentes apoyaron de una manera u otra, unos llevando las velas, otros las flores, los cohetes y los mayordomos sus respectivos estandartes, todo en una tarde nublada, pero con resplandor de los rayos del sol que se disponía a descansar.

Esta imagen permanecerá en la capilla del barrio de Tlanehuic hasta el viernes 27 del presente mes que se identifica como V Viernes Santo.

Rodolfo Romero Peña

*EN 1904 OCOTEPEC SUFRIÓ UNA EPIDEMIA FIEBRE TIFOIDEA EL «SEÑOR DEL PUEBLO» LO ALERTÓ

Como en pocos lugares del mundo, incluso EL propio Vaticano, Los ocotepequenses basan la sanación de la enfermedad denominada Coronavirus (COVID-19) en su Fe.

Recordando que en el año de 1904 mucha gente nativa (chicos y grandes) murieron de Fiebre Tifoidea, misma que anunció su Santo Patrono el Señor del Pueblo y el mismo sano.

De tal acontecimiento comenta el reconocido MVZ Marcial Belmontes Ballastra que su señor padre, Don Gerónimo, asistente de la parroquia del Divino Salvador, le platicó que a principios del siglo pasado una terrible epidemia acabó con muchas personas del pueblo.

Si, la terrible Fiebre Tifoidea que al país trajeron los españoles en el siglo XXI, empero que entre los años 426-430 devastó a un tercio de la población ateniense incluyendo a su líder Pericles poniendo fin a la edad dorada de Grecia.

Siendo que en Ocotepec fue advertida o anunciada por el Señor del Pueblo, imagen que hoy día ocupa lugar privilegiado en el barrio Xaxogotepazola o Santa Cruz como Santo Patrón.

Que por igual tuvo ese honor a nivel pueblo, pero varios párrocos la retiraron para darle paso a la actual del Divino Salvador.

Belmontes Ballastra precisa que, estando la imagen del Señor del Pueblo en el altar principal de la parroquia, fue que una madrugada el semanero (encargado de tocar las campanas a las tres de la madrugada), se percató de un ruido o sonido que provenía del interior del templo.

«Era similar a un zumbido de abejas y se pregunto, como a esta hora, de ahí que en lugar de dar los repiques de las tres de la madrugada dio los de señal de alarma y así despertó a muchos habitantes que acudieron de inmediato haber que sucedía».

El les explicó y todos juntos decidieron entrar al templo, en ese tiempo no había luz eléctrica y se alumbraron con velas y varas de ocote, buscaron, buscaron hasta llegar cerca del altar y se percataron que de ahí surgía el zumbido.

Inspeccionaron hasta encontrar que en la espalda de la imagen del Señor del Pueblo se apreciaba como brea, pareciera que la imagen sudara, pues tenía muchas gotitas como de ocote cortado. La primera expresión fue que «la madera de la imagen se está renovando…». Y propusieron buscar a alguien para que tratará el problema y la imagen no se deteriorara.

Para los días subsecuentes el comentario era que mucha gente -chicos y grandes- padecían de dolores musculares, fiebre, sarpullido, dolor de vientre constipado, diarrea y hemorragia; el reporte médico fue que se trataba de Fiebre Tifoidea viniendo la debacle varios muertos.

Fue entonces que el gobierno estatal mandó instalar un hospital provisional en el predio que ocupa lo que iba ser una gasolinería en la llamada curva.

La enfermedad pegó con todo y cada día crecía el número de decesos y en el camposanto, que era todo el atrio de la Iglesia, ya no había lugar para depositar los cuerpos caídos, siendo entonces que surge el nuevo panteón, si el actual.

En tanto ello ocurría, se logró encontrar un restaurador de la imagen del Señor del Pueblo proveniente del Estado de Puebla, que realizó un excelente trabajo y milagro, la enfermedad del tifo desapareció. Por ello si algo tienen los habitantes del pueblo de Ocotepec es Fe, Esperanza y Caridad.

La imagen del Señor del Pueblo este año (mayo 2020), cumple 50 años de su estadía como Santo Patrón del Barrio de la Santa Cruz y al igual que en el día 2 de mayo de 1970 abra de recorrer las calles de los cuatro barrios y al Señor del Pueblo, que los nativos de Ocotepetl le piden cese su maldad el Coronavirus (COVID-19), en todo el mundo, es su oración grande para todos. Amen, finalizó Belmontes Ballastra.

Archivo Rodolfo Romero Peña

*Festividad del V viernes de cuaresma 90 años de tradición en pueblo Ocotepec.

Rodolfo Romero Peña

Sin ignorar los protocolos de seguridad por la pandemia mundial de Coronavirus (COVID-19), y si siendo precavidos, nativos del pueblo de Ocotepec continúan con las celebraciones religiosas previo la Semana Mayor.

Este miércoles con una procesión darán inicio a la novena del V Viernes Santo.

«La prevención es que la festividad es grande empero cien por ciento local», informó el mayordomo de la imagen, Marcial Belmontes Ballastra.

Es decir que propiamente participarán nativos y muy específicamente familias del barrio de Tlanehuic o Candelaria.

Al respecto Belmontes Ballastra precisó que -este miércoles 18 de marzo- se rescatará una celebridad de hace 90 años, misma que se realizó hasta los años 50’s en la parroquia del Divino Salvador», pero ahora dado el entusiasmo del ramillete de valientes damas que han tomado la administración o mayordomía de la capilla del barrio de Tlanehuic; la imagen tendrá su novena y festividad, sencilla pero llena de Fe y fortaleza.

En este sentido cabe recordar, a la escasa población y aún falta de organización en las capillas existentes, los nativos de Ocotepec celebraban a sus santos patrones en la parroquia del «Divino Salvador», inmueble religioso cuya construcción comenzó en el año de 1536 y se concluyó en 1592, hace 428 años.

La imagen del Señor de hecho -cita Belmontes Ballastra- tiene dos celebridades, la presente que se denomina del Quinto Viernes y la segunda la de la Preciosa Sangre de Cristo que se realiza el mes de septiembre.

La procesión de este miércoles dará inicio a las seis de la tarde con salida de la parroquia del Divino Salvador para tomar Aldama, dar vuelta en Zaragoza rumbo al oriente y subir en la calle con dirección a la citada capilla.

*El Congreso de Morelos realizó una sesión solemne en Tetelcingo

Cuautla, Mor. El gobernador Cuauhtémoc Blanco Bravo asistió a la sesión solemne de la LIV Legislatura del Congreso de Morelos realizada en la comunidad indígena de Tetelcingo para instaurar formalmente el 25 de febrero Día Estatal del Mariachi Morelense.

En representación de las agrupaciones que con honor y distinción portan el traje de mariachi, Blanca Cecilia Teponaz expresó que la pasión por la música de mariachi no sólo implica la posibilidad de tener una fuente de ingresos económica sino también de continuar con una herencia que se transmite de generación en generación.

A la sesión acudieron los secretarios de Turismo y Cultura, Margarita González Saravia; Desarrollo Social, Gilberto Alcalá Pineda; Educación; Luis Arturo Cornejo Alatorre; y Salud, Marco Antonio Cantú Cuevas.

Antes de concluir, se llevó a cabo la presentación del mariachi Nuevo Tecalitlán de Guadalajara, Jalisco ante cientos de personas.

Los mariachis presentes realizaron un ensamble despertando tal algarabía, que el propio mandatario estatal Cuauhtémoc Blanco, pidió que lo acompañaran con el tema «Así fue», de la autoría de Juan Gabriel.