Perspectiva

Por Marcos Pineda

Lo peor que le puede pasar a un gobierno o un gobernante es perder credibilidad. La credibilidad se integra de la honorabilidad e integridad que reconoce una comunidad. Ambas son componentes indispensables de la parte ética necesaria de política para darle viabilidad al ejercicio de gobierno o, en su caso, a un personaje o un proyecto político. Aunque se esté de acuerdo o no ideológicamente con un gobierno, mientras goce de credibilidad será viable. En el momento en que la pierde su declive es indetenible.

Ejemplos de ello sobran a lo largo de la historia y parece que los políticos, partidos y personajes públicos, en lo particular, no lo han aprendido y no quieren aprenderlo, bien por ignorancia o bien porque carecen de valores y principios auténticos. Bien porque son títeres de las cúpulas del poder o bien porque simplemente son cínicos e hipócritas, sinvergüenzas para acabar pronto.

Algunos de ellos se vuelven tan necios que insisten en no hacer caso a la opinión pública desestimando, matizando o de plano ignorándola. Y puede que logren alcanzar objetivos como ganar un cargo, mantenerse por un tiempo en el poder y hasta evadir la acción de la justicia, a pesar de haber perdido la credibilidad y la confianza del pueblo. Y si logran hacerlo es porque las reglas del juego, las leyes, les dan oportunidad de que así sea.

Pero eso tiene un costo muy elevado: pasar a la historia con un pésimo nombre, siendo vituperados, despreciados y señalados. A los cínicos e hipócritas poco les importa lo que se diga de ellos, su costumbre es poner a la venta su reputación a cambio posiciones, cargos, favores, beneficios e incluso impunidad. En el caso de Morelos, en esta lista y están inscritos con letras muy negras Graco Ramírez y los bandidos que le sirvieron de comparsas, los arrastrados diputados de la anterior legislatura, los empresarios que se ofrecieron a lavar recursos de proveniencia ilícita y los líderes de partidos que con su silencio se volvieron cómplices.

Si esto le parece lamentable querido lector, qué cree, no es lo peor. Lo más detestable es que la mayoría de los políticos cree que de esto se trata la política, y no tienen el menor empacho en manchar su nombre, el de sus familias y el de su gente cercana con tal de sentirse exitosos y en el poder. Pobres ilusos porque eso se acaba, más pronto que temprano, mientras su mala fama y su reputación continuarán señalándose, en público y en privado.

Para iniciados
Ya circulan en las redes sociales, en lo que se conoce como radio pasillo y en pláticas supuestamente privadas, que miembros del gobierno de Cuauhtémoc Blanco comenzaron a comprar voluntades, especialmente de algunos diputados, en el afán de lograr que el jugoso negocio del reemplacamiento se lleve a cabo y que le permitan a José Manuel Sáenz contar con un presupuesto millonario. Eso no se llama de otra manera más que CORRUPCIÓN. A quien señalan como operador designado es al actual diputado Pepe Casas, quien no ha salido a desmentir tal versión, quizá porque sea cierto que quienes los enviaron a corromper voluntades y acuerdos políticos tomaron la precaución de vídeo grabar su proceder.

Y otro trascendido que pronto deberán aclarar tanto Cuauhtémoc Blanco como Hugo Eric Flores, este último súper delegado federal, es si los dos o uno de los dos, forman parte de la agrupación que está buscando su registro como partido político nacional denominado México Blanco, que tendría como finalidad proponer a ex futbolista como candidato a la presidencia de la República, en caso de que le fuera negada la candidatura en Morena.

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