Por Rocío García

Hace apenas unos años, en medio de la conmoción por el asesinato de la diputada Gabriela Marín, el entonces gobernador Cuauhtémoc Blanco Bravo lanzó una declaración que cimbró el escenario político morelense, dijo que en Morelos había “narcopolíticos”, y que el no se iba a callar.

La frase no quedó en el aire, con el paso del tiempo, las arenas políticas comenzaron a moverse y hoy, mientras el Gobierno Federal despliega operativos de alto impacto como el Operativo “Enjambre”, encabezado por Omar García Harfuch, las detenciones, investigaciones y señalamientos alcanzan a distintos actores del Estado, incluidos alcaldes, funcionarios y personajes ligados al poder político regional.

El caso reciente del alcalde de Cuautla, quien incluso promovió un amparo tras los señalamientos en su contra, refleja el nivel de tensión política y judicial que atraviesa Morelos, pero al mismo tiempo la mirada pública también comienza a dirigirse hacia el pasado reciente, hacia el caldo de cultivo que generó las condiciones presentes.

Paradójicamente, hoy el propio Cuauhtémoc Blanco enfrenta cuestionamientos relacionados con presuntas irregularidades en el manejo del fideicomiso del lago de Tequesquitengo, un tema que vuelve a colocar bajo lupa a su administración.

La ironía política resulta inevitable, durante el término de aquel sexenio, figuras de su mismo movimiento llegaron a admitir públicamente que “la transformación no había llegado a Morelos”, una frase que hoy resuena con más fuerza frente al desgaste institucional, las investigaciones abiertas y la creciente desconfianza ciudadana.

Porque en política, cuando las investigaciones avanzan a fondo, pocas veces quedan intactos los discursos del pasado, los actores políticos del momento, y en Morelos, donde el poder ha cambiado de manos una y otra vez entre acusaciones cruzadas, lo único verdaderamente rentable parece seguir siendo la reputación.

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